jueves, 24 de abril de 2014

Nueva antología de Luis Tejada



 

Luis Tejada nació en Barbosa (Antioquia) en 1898 y murió en Girardot (Cundinamarca) en 1924. Sus crónicas comenzaron a ser publicadas en 1917. Estamos entonces, ante alguien que vivió veintiséis años y que escribió, solamente, durante siete. Además, escribió unas breves crónicas, no todas brillantes, algunas repetidas, cuando el escritor estaba vacío de inspiración. Agreguemos los silencios e interrupciones obligados por las enfermedades y los viajes, y la pérdida de colecciones de prensa donde, posiblemente, hubo crónicas firmadas por un Luis Tejada. Así que cabe preguntarse qué hace interesante a este escritor, por qué sigue cautivando el interés de un público, por qué se reclaman todavía antologías de sus textos, por qué su vida y su obra siguen siendo objeto de estudios biográficos, de ensayos críticos y de compilaciones. Vivió poco tiempo, escribió poco en un género considerado menor y aun así estamos ante un señor bastante interesante. Y Tejada no ha sido un escritor interesante solamente para quienes lo hemos leído o estudiado en las últimas dos o tres décadas. Durante su vida gozó de admiración; en 1918, por ejemplo, cuando apenas cumplía un año de escritura sistemática en el espectador, una nota del periódico El Día de Barranquilla apreciaba ya la calidad del joven periodista: “Tejada es un escritor joven, de veinte años, antioqueño… La recopilación de sus crónicas escritas hasta hoy supera a cualquiera otra hecha en los últimos tiempos”.

Algunas crónicas de Luis Tejada


Los licores

La Junta Administradora de la Renta de Licores ha resuelto subir definitivamente, en una proporción que fluctúa alrededor del 100 por 100, el precio de los alcoholes monopolizados en el Departamento.
     Entonces, la onza de aguardiente que se expendía a 5 centavos continuará vendiéndose en 10. Según se ha hecho público, la medida obedece más bien a un intento moralizador que al deseo de acrecentar quizá un poco las entradas al Erario, una de cuyas rentas más productivas es la de licores. La Junta parte del principio de que la venta del aguardiente disminuirá con el alza del precio y es probable que así sea. Sin embargo, eso no implica pérdidas a la Renta, pues aun suponiendo que el número de bebedores habituales se reduzca a la mitad, las entradas seguirán siendo las mismas.
     Pero, ¿sí disminuirá en forma sensible el consumo de aguardiente? Hay que descontar al bebedor acomodado, o rico, que no escasea, y a quien no afectará considerablemente la medida. En realidad, en los cafés nocturnos y en los coreográficos y en las casas alegres de los arrabales, se vende siempre el licor a precios duplicados, y sin embargo, el consumo es enorme.
     Entre las gentes pobres, empleados y obreros, el alza significará, en la mayoría de los casos, una serie de sacrificios aún más dolorosos y fatales que los de siempre. Porque el bebedor consuetudinario, cuando el licor se ha convertido ya para él en necesidad orgánica y antes dedicaba medio sueldo a su vicio, hoy tendrá que dedicarlo todo entero. Es sabido que el borracho pasa por todos los sacrificios imaginables antes que abandonar su pasión: la pérdida de la consideración social, la pérdida del empleo, el reproche duro de la familia, la cárcel, todo; no es posible entonces que se enmiende súbitamente con un aumento de precio. Gastará aún más si puede, contraerá más deudas, se arruinará más pronto, caerá en más hondos abismos.
     El problema del aguardiente no podrá resolverse jamás completamente con un simple mandato legislativo o con una perentoria medida externa, porque es ante todo un problema de educación, de perfeccionamiento lento, inteligente y progresivo de la raza.
     Haría mejor en este sentido una honda reforma instruccionista, encaminada a preparar buenos maestros de escuela, infundiéndoles en el alma un verdadero espíritu de sobriedad para que lo comuniquen a la juventud de mañana.
      A pesar de todo, la resolución de la Junta no dejará de tener algunos efectos saludables: influirá sobre todo en el individuo que apenas esté empezando a aficionarse a la embriaguez; en el que todavía le dé casi lo mismo beber o no beber y pueda dejar de hacerlo sin esfuerzo; en el que suele tomarse sus copas, pero que conserva intacto el sentimiento del deber y la virtud de la economía indispensable, en muchos otros casos indeterminables.

     La intención de la Junta es, pues, plausible.

          El Espectador, “Mesa de redacción”, Medellín, 2 de junio de 1920.

 Las grandes mentiras

En los pueblos en donde el análisis no es precisamente la característica más acentuada de los individuos y donde la capacidad de renovación no es, ni mucho menos, la virtud predominante de la raza, sería de interés hacer una estadística minuciosa de las grandes mentiras convencionales, de las paradojas sorprendentes y de las viejas verdades que han dejado de ser verdaderas por desgaste o por rectificación o por evolución lógica de la esencia de las cosas, pero que aún son acatadas con el tradicional respeto que las gentes profesan a las fórmulas y a los dogmas.
     Decir que Francia no es ni ha sido nunca un pueblo liberal; que el patriotismo es un regionalismo absurdo y egoísta; que Julio Flórez hace malos versos; que una bailarina española, a pesar de las castañuelas, es triste y hasta trágica; que los antioqueños no son una raza “superior y pujante”, sino simples mortales tan perezosos y holgazanes como los boyacenses o los caucanos; que el tabaco no quita la memoria; que doña Manuelita Sáenz no era un modelo de amigas fieles; que la Constitución es imperfecta; que Dios se olvida con frecuencia de sus hijos; decir algo que desvirtúe o tratar de probar la falsedad de uno de aquellos innumerables preceptos que las personas crédulas veneran, sería colocarse en inminente peligro de apedreamiento.
     A pesar de todo, en esta democracia nuestra, donde las ideas y las teorías se fosilizan tan fácilmente, debería instituirse una liga demoledora que, en el periódico y en el libro, se propusiera revaluar y romper las cáscaras huecas de esas viejas verdades y esas grandes mentiras que van pasando, a través de los tiempos y de los hombres, intactas, invioladas, sin que nadie se atreva a poner la mano sobre ellas, aunque muchos estén convencidos de que son inútiles y falsa.
      Existen también numerosos vocablos brillantes, sugestivos, de vago y complejo significado que hemos escuchado mil veces, pero que precisamente porque nos son demasiado familiares, no tratamos nunca de analizarlos a fondo. Hace poco, en el recinto de la Cámara un Honorable Representante exclamó: “Yo soy liberal socialista”. Meditad un momento en el profundo antagonismo de esos dos gastados e incomprendidos términos, que encierran una concepción diametralmente opuesta del Estado y del individuo, y veréis cómo, por incomprensión, nuestro Representante, sin dejar de ser honorable, no es ni liberal ni socialista.
     (Se cree superficialmente del socialismo que es como una forma adelantada o un grado máximo de evolución del liberalismo y, por eso, desconociendo el estricto significado de ambas tendencias, nuestros oradores radicales dicen, en tono de reproche, que este pueblo no está aún preparado para recibir esa excelsa verdad que es el  socialismo.
 
Sin embargo, es aquí, donde se ignora lo que es el liberalismo verdadero, que desenvuelve armoniosa y robustamente la individualidad, en nuestro pueblo débil, empleómano y perezoso donde nadie es capaz de hacer nada por su propia cuenta, donde el Estado todopoderoso obra, inicia y tiene injerencia hasta en los más pequeños incidentes de la vida del país; donde las creencias políticas no están profunda y conscientemente arraigadas, el mejor campo para recoger esa dudosa verdad de que tanto se habla). Y basta de paréntesis.

                              El Espectador, “Día a día”, Bogotá, 4 de octubre de 1918

Te invitamos a visitar la Sala Antioquia donde puedes encontrar una amplia bibliografía sobre Luis Tejada incluyendo algunas de sus obras.

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